A veces, una sesión de fotos termina y comienza otra sin que te des cuenta. Una no planeada. Una no comisionada. Una que, simplemente, te llama a través de una puerta abierta.
Mi visita a Badiraguato fue para documentar un acto de fe. Pero al otro lado de la calle, una apertura oscura en la Misión Cultural #7 resonaba con una vibración diferente, una promesa silenciosa de un tipo distinto de santuario. El instinto superó a la cortesía —una lección aprendida tras haber sido expulsado de lugares como el Vaticano— y decidí adentrarme en esa penumbra.
Lo que encontré fue una obra de arte accidental. Una catedral abandonada donde la luz no se filtraba, sino que se componía. Rayos que caían como snoots de estudio, luz rebotada que creaba un relleno perfecto, y un haz de luz preciso en la pared del fondo que cualquier director de fotografía envidiaría. Todo envuelto en la mortaja del tiempo: un polvo denso que le daba al aire una textura monocromática y melancólica.
Y en el centro de todo, reinando en su propio olvido, estaba él. Un Simplex E-7, el legendario proyector de cine de 35mm. Un rey destronado. Me imaginé su apogeo, allá por 1938, el corazón rugiente de un cine, el silencioso narrador de mil historias que marcaron la imaginación de toda una generación en esta misma ciudad. Construido para ser impresionante, para durar, con esa innovación en su eje vertical que garantizaba una imagen estable.
Hoy, despojado de su función utilitaria, ha perdido el poder de proyectar historias en una pantalla, pero ha ganado uno nuevo y más potente: ahora se proyecta a sí mismo. Se ha convertido en la historia. Ya no es una herramienta; es una reliquia, una escultura que atestigua la brutal velocidad de nuestro progreso y la belleza trágica de lo que dejamos atrás.
Se construyó para impresionar y entretener. Irónicamente, en su silencio, óxido y abandono, lo sigue haciendo. No es kafkiano; es, simplemente, poético. Este no es un retrato de un objeto. Es un homenaje al alma de un narrador que se negó a desaparecer del todo.




